¿Qué significa realmente recuperar la estabilidad?

«Hoy no voy a gritar.»

Muchas madres empiezan el día con ese propósito.

Y muchas terminan acostándose con la sensación de haber vuelto a reaccionar como no querían.

No porque no amen profundamente a sus hijos.

No porque no sepan cómo les gustaría educarlos.

Sino porque llega un momento en que el cansancio, la acumulación de pequeñas tensiones y la intensidad de la convivencia hacen que responder desde la calma deje de depender únicamente de la voluntad.

Si alguna vez has sentido que un día consigues sostener una situación con serenidad y al siguiente reaccionas de una forma completamente distinta, probablemente hayas pensado que te falta paciencia.

Sin embargo, desde el Método Dolce® utilizamos otra palabra.

No hablamos de paciencia.

Hablamos de estabilidad.

Y comprender esta diferencia cambia profundamente la manera de entender la crianza.

La estabilidad no es estar siempre tranquila

Existe una idea muy extendida que hace sufrir a muchas madres.

Pensar que una buena regulación emocional significa no enfadarse nunca.

No alterarse.

No sentir frustración.

Mantener siempre un tono de voz suave.

Como si la estabilidad fuera una especie de calma permanente.

Pero las familias reales no funcionan así.

La convivencia con niños pequeños está llena de momentos intensos.

Rabietas.

Negociaciones.

Límites.

Prisas.

Conflictos entre hermanos.

Cansancio.

La estabilidad no consiste en eliminar todo eso.

Consiste en que esas situaciones no determinen completamente la forma en la que el adulto responde.

Porque una emoción intensa no obliga necesariamente a una reacción impulsiva.

Y ahí empieza uno de los pilares del Método Dolce®.

Cuando la convivencia empieza a decidir por nosotros

Hay un momento en muchas familias en el que parece que las decisiones ya no nacen del adulto.

Nacen de la urgencia.

Hoy cedo porque estoy agotada.

Mañana mantengo el límite porque tengo más energía.

Pasado mañana termino gritando porque ya no puedo más.

No es incoherencia.

Es agotamiento.

Y poco a poco aparece una sensación muy dolorosa.

«Ya no sé cuál es realmente mi forma de educar.»

La convivencia empieza a organizarse alrededor del cansancio del adulto y de la intensidad del momento.

No alrededor de la dirección que ese adulto desea ofrecer a su hijo.

Desde el Método Dolce® entendemos que recuperar la estabilidad significa dejar de vivir reaccionando a lo que ocurre para volver a responder desde un lugar elegido.

La estabilidad es una capacidad, no un estado de ánimo

Uno de los errores más frecuentes es pensar que primero debemos sentirnos bien para poder educar bien.

La realidad suele ser bastante diferente.

La estabilidad no depende de despertarse con energía.

Ni de que el día sea fácil.

Ni de que el niño colabore.

Depende de desarrollar la capacidad de seguir sosteniendo una dirección incluso cuando aparecen emociones intensas.

Por eso hablamos de una capacidad entrenable.

No de una característica de personalidad.

No hay madres que «nacen tranquilas» y otras que no.

Hay adultos que, poco a poco, aprenden a reconocer su propia reactividad antes de que termine dirigiendo la convivencia.

¿Por qué es tan importante recuperar la estabilidad?

Porque los niños aprenden mucho más de la experiencia relacional que de los discursos.

Cuando un adulto consigue sostener un límite con serenidad, incluso aunque el niño proteste, está transmitiendo algo muy valioso.

No solo un límite.

Está ofreciendo una referencia.

Está mostrando que las emociones pueden sentirse sin perder completamente la dirección.

Y esa experiencia repetida una y otra vez es una parte esencial del desarrollo emocional infantil.

Por eso el Método Dolce® no entiende la estabilidad como un beneficio exclusivo para el adulto.

La entiende como una condición necesaria para reorganizar el sistema familiar.

Recuperar la estabilidad no significa hacerlo perfecto

Quiero detenerme aquí porque creo que es una idea fundamental.

Muchas madres leen palabras como regulación, estabilidad o coherencia y sienten inmediatamente más presión.

Como si ahora tuvieran que hacerlo todo bien.

No es eso.

Recuperar la estabilidad no significa dejar de equivocarse.

Significa que los errores dejan de convertirse en el modo habitual de funcionamiento.

Una madre estable también se enfada.

También pierde la paciencia.

También tiene días difíciles.

La diferencia es que esos momentos dejan de marcar continuamente la dirección de la convivencia.

La estabilidad no elimina la humanidad.

La sostiene.

Estabilidad y dirección: dos conceptos inseparables

En el Método Dolce® hablamos continuamente de estabilidad y dirección porque uno no existe sin el otro.

La estabilidad permite sostener.

La dirección permite decidir hacia dónde queremos conducir la convivencia.

Una sin la otra queda incompleta.

Podemos mantener mucha calma y, sin embargo, no saber qué hacer.

O tener muy claro qué queremos transmitir a nuestros hijos, pero perder esa claridad cada vez que aparece una situación difícil.

Por eso ambas forman el núcleo de la metodología.

Y por eso el siguiente paso natural es comprender qué entendemos exactamente por dirección.

La idea que me gustaría que recordaras

Si tuvieras que quedarte únicamente con una idea de este artículo, me gustaría que fuera esta:

Recuperar la estabilidad no significa dejar de sentir emociones intensas. Significa desarrollar la capacidad de que esas emociones no decidan continuamente cómo funciona la convivencia familiar.

Ese es uno de los pilares sobre los que el Método Dolce® ayuda al adulto a recuperar su lugar como referente dentro del sistema familiar.

Sigue profundizando en el Método Dolce®

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Cada uno de estos artículos desarrolla uno de los pilares del Método Dolce® y forma parte de un mismo recorrido de comprensión. No es necesario leerlos en un orden concreto, aunque juntos permiten entender con mayor profundidad la filosofía y el funcionamiento de esta metodología.

Sobre la autora

Maria Sara Jemmolo es Psicóloga General Sanitaria, especializada en regulación emocional y acompañamiento a familias con hijos de entre 3 y 8 años.

Es la creadora del Método Dolce®, un modelo de intervención centrado en ayudar al adulto a recuperar la estabilidad, la dirección y el papel de referente dentro del sistema familiar.

Su trabajo integra la experiencia clínica con un enfoque relacional orientado a transformar la convivencia desde la regulación emocional del adulto.

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