¿Por qué siento que he perdido el rumbo?

«Antes tenía claro cómo quería educar a mis hijos. Ahora siento que improviso continuamente.»

Es una frase que escucho con frecuencia en consulta.

A veces se expresa de otra manera.

«Ya no sé si estoy haciendo lo correcto.»

«Cada día hago una cosa distinta.»

«Tengo la sensación de que ya no soy la madre que quería ser.»

Quien llega a ese punto suele pensar que el problema es la falta de información. Cree que necesita leer más, aprender nuevas estrategias o encontrar por fin el consejo que le diga exactamente qué hacer.

Sin embargo, con los años he aprendido que esa sensación rara vez aparece porque falten conocimientos.

Lo que suele haberse perdido no es la información.

Es la dirección.

No siempre perdemos el rumbo de un día para otro

Cuando hablamos de perder el rumbo solemos imaginar un momento concreto.

Una decisión importante.

Una crisis.

Un cambio brusco.

En la convivencia familiar, normalmente no ocurre así.

El rumbo se pierde poco a poco.

Primero aparece el cansancio.

Después llega el desbordamiento.

Cada vez resulta más difícil regular las propias emociones.

Los conflictos ocupan más espacio.

Y, casi sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos:

«¿Cómo quiero educar a mis hijos?»

Para empezar a preguntarnos únicamente:

«¿Cómo consigo terminar el día?»

La urgencia sustituye al criterio.

Cuando sobrevivir ocupa todo el espacio

Hay algo que observo con mucha frecuencia.

Muchas madres y padres no han dejado de querer educar desde el respeto, la firmeza o la conexión.

Simplemente llevan tanto tiempo intentando sostener la convivencia que ya no les queda espacio para decidir cómo quieren hacerlo.

Cada situación se resuelve como se puede.

No como se quiere.

Un día mantienen un límite.

Al siguiente lo retiran porque ya no tienen fuerzas.

Hoy acompañan con calma.

Mañana gritan.

Después sienten culpa.

Prometen que no volverá a ocurrir.

Y unas horas más tarde sucede exactamente lo mismo.

No porque sean incoherentes.

Sino porque el agotamiento ha empezado a decidir por ellos.

La diferencia entre reaccionar y dirigir


Existe una diferencia importante entre reaccionar y dirigir.

Cuando reaccionamos, nuestras decisiones dependen de lo que acaba de ocurrir.

Cuando dirigimos, nuestras decisiones dependen del rumbo que queremos seguir.

Puede parecer una diferencia pequeña.

No lo es.

Una familia puede tener exactamente los mismos conflictos y, sin embargo, vivirlos de una forma completamente distinta dependiendo de si el adulto responde desde la reacción o desde la dirección.

Dirigir no significa controlar todo lo que ocurre.

Significa recordar, incluso en los momentos difíciles, qué clase de adulto queremos ser y qué valores queremos transmitir.

Recuperar la dirección no consiste en tener todas las respuestas

Es habitual pensar que recuperar el rumbo significa dejar de dudar.

No es así.

Todas las familias dudan.

Todos los padres cambian de opinión alguna vez.

Todos cometen errores.

La dirección no elimina la incertidumbre.

Lo que hace es ofrecer un criterio estable desde el que tomar decisiones.

Cuando ese criterio existe, las dudas dejan de mover continuamente el timón.


Hay una escena que se repite con frecuencia

En consulta, muchas familias llegan convencidas de que necesitan nuevas herramientas.

Preguntan qué hacer cuando aparecen las rabietas.

Cómo poner límites.

Cómo responder a determinadas conductas.

Son preguntas importantes.

Pero antes suelo hacer otra.

«¿Qué tipo de convivencia queréis construir dentro de cinco años?»

Con frecuencia aparece el silencio.

No porque no quieran responder.

Sino porque llevan tanto tiempo resolviendo incendios que hace mucho que dejaron de mirar el horizonte.

Y cuando dejamos de mirar hacia dónde queremos ir, cualquier problema cotidiano termina marcando el camino.

La mirada del Método Dolce®

En el Método Dolce®, la dirección es uno de los pilares fundamentales del proceso.

No consiste en aplicar normas rígidas ni en controlar el comportamiento del niño.

Consiste en ayudar al adulto a recuperar un criterio claro desde el que conducir la convivencia familiar.

La estabilidad permite sostener nuestra forma de actuar.

La regulación emocional evita que las emociones decidan continuamente por nosotros.

La comprensión del sistema familiar ayuda a entender qué dinámicas mantienen el problema.

La dirección integra todo ello y responde a una pregunta esencial:

¿Hacia dónde queremos conducir nuestra familia?

Cuando esa respuesta vuelve a estar presente, las decisiones dejan de depender únicamente del cansancio, de la culpa o de la presión del momento.

Empiezan a apoyarse de nuevo en los valores que queremos vivir como familia.

Recuperar el rumbo no significa que desaparezcan las dificultades

Los conflictos seguirán existiendo.

Habrá días de cansancio.

Momentos de frustración.

Situaciones inesperadas.

La diferencia es que dejarán de decidir por ti.

Recuperar la dirección significa que las circunstancias ya no ocupan el lugar que corresponde a tus valores.

No elimina las dificultades.

Pero cambia profundamente la forma de atravesarlas.

La idea que me gustaría que recordaras

Perder el rumbo no significa no saber educar a tus hijos.

Significa haber vivido durante tanto tiempo respondiendo a lo urgente que has dejado de decidir desde aquello que realmente es importante para ti.

Recuperar la dirección es volver a educar desde tus valores, no desde el agotamiento.

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Sobre la autora

Maria Sara Jemmolo es Psicóloga General Sanitaria, especializada en regulación emocional y acompañamiento a familias con hijos de entre 3 y 8 años.

Es la creadora del Método Dolce®, un modelo de intervención centrado en ayudar al adulto a recuperar la estabilidad, la dirección y el papel de referente dentro del sistema familiar.

Su trabajo integra la experiencia clínica con un enfoque relacional orientado a transformar la convivencia desde la regulación emocional del adulto.

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