¿Qué significa realmente estar desbordada?

«Estoy desbordada.»

Es una de las frases que más escucho en consulta.

La pronuncian madres y padres que aman profundamente a sus hijos, que se esfuerzan cada día por hacerlo lo mejor posible y que, sin embargo, sienten que han llegado a un límite que no saben explicar.

No siempre lloran.

No siempre gritan.

Muchas veces siguen funcionando.

Preparan desayunos, llevan a los niños al colegio, trabajan, organizan la casa, ayudan con los deberes, intentan mantener la calma y, desde fuera, parece que todo continúa igual.

Pero por dentro sienten algo muy distinto.

Como si cualquier pequeño imprevisto pudiera hacer que todo se tambaleara.

Como si hubieran perdido el espacio interior necesario para sostener lo que antes eran capaces de gestionar con relativa tranquilidad.

Con frecuencia interpretan esa sensación como un fracaso personal.

Piensan que deberían organizarse mejor, descansar más, leer otro libro sobre crianza o aprender nuevas técnicas para controlar sus emociones.

Sin embargo, el desbordamiento rara vez aparece porque una persona haya dejado de ser capaz.

La mayoría de las veces aparece porque lleva demasiado tiempo intentando sostener una realidad que ha ido consumiendo poco a poco sus recursos.

Comprender esta diferencia cambia completamente la forma de mirar el problema.

Y cuando cambia la forma de mirar el problema, también empiezan a aparecer nuevas posibilidades para resolverlo.

Estar desbordada no significa tener demasiadas cosas que hacer

Vivimos en una sociedad que relaciona el desbordamiento con la cantidad de tareas.

Si tienes mucho trabajo, hijos pequeños, responsabilidades familiares y poco tiempo para ti, parece lógico concluir que estás desbordada porque «no llegas a todo».

Pero esa explicación resulta demasiado simple.

Existen personas con agendas muy exigentes que conservan una notable sensación de equilibrio.

Y otras cuya carga objetiva parece menor y, sin embargo, viven permanentemente al límite.

¿Por qué ocurre esto?

Porque el desbordamiento no depende únicamente de lo que sucede fuera.

Depende también de los recursos internos desde los que afrontamos la realidad.

Cuando esos recursos permanecen estables, seguimos sintiendo que podemos responder, decidir y adaptarnos.

Cuando comienzan a agotarse, la misma realidad empieza a sentirse mucho más pesada.

No porque haya cambiado el número de problemas.

Sino porque ha cambiado nuestra capacidad para sostenerlos.

El desbordamiento aparece mucho antes de que seas consciente

Nadie se despierta una mañana pensando:

«Hoy estoy completamente desbordada.»

El proceso suele ser mucho más silencioso.

Primero empiezas a dormir un poco peor.

Después dejas para otro día aquello que necesitabas para cuidarte.

Las conversaciones con tu pareja se vuelven más cortas.

Las pequeñas pausas desaparecen.

Empiezas a vivir resolviendo urgencias.

Y casi sin darte cuenta dejas de preguntarte cómo estás.

Solo intentas llegar al final del día.

Durante un tiempo funciona.

Eres capaz de sostenerlo.

Pero el cuerpo y la mente no pueden permanecer indefinidamente en ese estado de esfuerzo constante.

Poco a poco aparece la irritabilidad.

Disminuye la paciencia.

Las decisiones cuestan más.

Los conflictos familiares parecen multiplicarse.

Y cualquier situación inesperada provoca una reacción emocional mucho más intensa de la que antes habría provocado.

No es que hayas cambiado de personalidad.

Es que llevas demasiado tiempo funcionando cerca de tu límite.

Cuando todo parece demasiado

Una de las características más frecuentes del desbordamiento es que la realidad comienza a percibirse como excesiva.

No solo las grandes dificultades.

También las pequeñas.

Un vaso que se cae.

Una discusión entre hermanos.

Un retraso.

Una llamada inesperada.

Una rabieta antes de salir de casa.

Situaciones que antes podías gestionar con relativa serenidad empiezan a sentirse insoportables.

Y eso suele generar mucha culpa.

«¿Cómo puede afectarme tanto algo tan pequeño?»

La respuesta es sencilla.

No reaccionamos únicamente ante el hecho concreto.

Reaccionamos desde el estado interno en el que nos encontramos.

Cuando una persona dispone de recursos emocionales suficientes, interpreta los acontecimientos desde una sensación de seguridad.

Cuando esos recursos se han ido agotando, cualquier pequeña dificultad puede vivirse como la gota que colma el vaso.

No porque el vaso sea pequeño.

Sino porque lleva mucho tiempo lleno.

El error más frecuente: intentar hacer todavía más


Cuando alguien se siente desbordado suele pensar que necesita encontrar nuevas soluciones.

Más organización.

Más técnicas.

Más información.

Más esfuerzo.

Y aunque todas esas herramientas pueden ser útiles, existe un riesgo importante.

Seguir añadiendo responsabilidades a una persona que ya no dispone del espacio necesario para integrarlas.

Es frecuente escuchar frases como:

«Voy a leer otro libro.»

«Necesito controlar mejor mis emociones.»

«Voy a apuntarme a un curso.»

«Seguro que todavía me falta aprender algo.»

Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos una cuestión mucho más importante.

¿Desde dónde estoy intentando cambiar?

Porque no es lo mismo aprender una herramienta desde la calma que intentar utilizarla cuando llevas meses sobreviviendo.

La mirada del Método Dolce®

A lo largo de los años he comprobado que el desbordamiento rara vez tiene que ver con una falta de capacidad o con que una madre o un padre no se estén esforzando lo suficiente.

Desde la mirada del Método Dolce®, lo entiendo como una señal de que el sistema familiar ha ido perdiendo estabilidad y de que el adulto ha tenido que sostener, durante demasiado tiempo, una carga emocional superior a los recursos de los que dispone.

Por eso, cuando acompaño a una familia, mi primer objetivo no es cambiar el comportamiento de los hijos ni incorporar nuevas estrategias educativas.

Antes de todo eso, necesito ayudar al adulto a recuperar una base suficientemente estable desde la que volver a pensar con claridad, tomar decisiones con serenidad y responder de una forma más consciente a lo que ocurre en su día a día.

Porque cuando un adulto recupera su estabilidad, recupera también algo mucho más valioso: la capacidad de decidir en lugar de reaccionar, de ejercer nuevamente su papel como adulto referente y de ofrecer a su familia un entorno más seguro y predecible.

He comprobado una y otra vez que, cuando ese cambio se consolida, también empieza a transformarse la convivencia familiar.

La culpa no explica lo que te está ocurriendo

Muchas madres y padres llegan convencidos de que el problema está en ellos.

Piensan que deberían ser más pacientes.

Más tranquilos.

Más constantes.

Sin embargo, la culpa rara vez ayuda a comprender lo que realmente sucede.

Al contrario.

Consume todavía más recursos.

Cuando dejamos de preguntarnos:

«¿Qué estoy haciendo mal?»

Y empezamos a preguntarnos:

«¿Qué está ocurriendo para que me sienta así?»

La conversación cambia por completo.

Dejamos de luchar contra nosotros mismos.

Y empezamos a comprender el funcionamiento del sistema.

Esa comprensión no resuelve automáticamente los problemas.

Pero permite dejar de buscar soluciones en el lugar equivocado.

La idea que me gustaría que recordaras

Estar desbordada no significa que hayas dejado de ser una buena madre o un buen padre.

No significa que seas menos capaz.

Y tampoco significa que no quieras a tus hijos lo suficiente.

Con frecuencia significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más importante.

Que llevas demasiado tiempo sosteniendo una realidad que necesita algo más que esfuerzo.

Necesita comprensión.

Porque solo cuando comprendemos lo que realmente está ocurriendo podemos empezar a recuperar la estabilidad desde la que volver a cuidar, decidir y acompañar a nuestra familia con la serenidad que deseamos.

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Sobre la autora

Maria Sara Jemmolo es Psicóloga General Sanitaria, especializada en regulación emocional y acompañamiento a familias con hijos de entre 3 y 8 años.

Es la creadora del Método Dolce®, un modelo de intervención centrado en ayudar al adulto a recuperar la estabilidad, la dirección y el papel de referente dentro del sistema familiar.

Su trabajo integra la experiencia clínica con un enfoque relacional orientado a transformar la convivencia desde la regulación emocional del adulto.

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