¿Qué ocurre durante la sesión diagnóstica clínica?

Hay una pregunta que escucho con mucha frecuencia antes de la primera sesión.

«¿Qué tengo que preparar?»

A esa suelen seguirle otras.

«¿Qué me vas a preguntar?»

«¿Tengo que venir con una lista de problemas?»

«¿Y si no sé explicar bien lo que nos está pasando?»

Detrás de todas ellas suele esconderse la misma inquietud.

La sensación de que la familia va a ser evaluada.

Como si existieran respuestas correctas e incorrectas.

Como si tuviera que demostrar que lo que está viviendo es lo suficientemente importante como para pedir ayuda.

O encontrar las palabras perfectas para que yo pueda comprender lo que ocurre dentro de su casa.

Después de muchos años acompañando a familias, he aprendido que ese miedo aparece mucho más de lo que imaginamos.

Llegan intentando recordar cada detalle.

Pensando que, si olvidan contar algo importante, quizá la sesión no sirva de nada.

Pero esa no es la finalidad de una sesión diagnóstica clínica.

No espero que una familia llegue con las ideas ordenadas.

Ni con una explicación perfecta.

Ni con una conclusión sobre lo que le está ocurriendo.

De hecho, es frecuente que aquello que trae a consulta sea solo la parte más visible de una realidad mucho más amplia.

Porque una sesión diagnóstica no empieza cuando una familia encuentra las respuestas.

Empieza cuando, por primera vez, comienza a hacerse preguntas diferentes.

¿Y si la sesión diagnóstica no consistiera en responder preguntas, sino en empezar a mirar vuestra familia desde un lugar completamente distinto?

Cuando creemos que basta con explicar lo que ocurre

«Venimos porque nuestro hijo tiene unas rabietas imposibles».

«Venimos porque los hermanos se pasan el día peleando».

«Venimos porque estamos agotados».

«Venimos porque ya no sabemos qué hacer».

Hay una escena que observo constantemente en consulta.

La familia se sienta y empieza a contar lo que ocurre.

Las discusiones.

Los gritos.

Las negativas.

Los momentos en los que todo parece desbordarse.

A veces traen ejemplos muy concretos.

La última rabieta en el supermercado.

La pelea de esa misma mañana.

La cena que terminó mal.

El momento en el que uno de los adultos perdió el control y después se sintió culpable.

Han pensado mucho en ello.

Han hablado entre ellos.

Han leído.

Han probado distintas formas de responder.

Y llegan con la sensación de que el problema está perfectamente identificado.

«Lo que ocurre es que no tolera un no».

«El problema es que no nos escucha».

«Es que los hermanos no pueden estar juntos».

«Somos nosotros, que no sabemos poner límites».

La dificultad tiene un nombre.

Una escena.

Una explicación.

Y parece que solo falta encontrar la respuesta adecuada.

Pero explicar lo que sucede no siempre significa comprenderlo.

El motivo de consulta es importante.

Es el lugar desde el que una familia puede empezar a hablar.

Es aquello que ha acumulado suficiente malestar como para hacerla pedir ayuda.

Pero no siempre muestra todo lo que está ocurriendo.

Con frecuencia muestra solo la parte que más ruido hace.

La conducta que interrumpe la convivencia.

El conflicto que se repite.

La emoción que ya no se puede contener.

La culpa que aparece después.

Las familias suelen llegar intentando ordenar una experiencia que, desde dentro, resulta difícil de entender.

Por eso seleccionan escenas.

Buscan causas.

Construyen explicaciones.

No porque estén equivocadas.

Sino porque necesitan encontrar algún sentido dentro de una situación que se ha vuelto agotadora.

Después de muchos años acompañando a familias, he aprendido que las primeras palabras casi siempre contienen una parte importante de la verdad.

Pero rara vez contienen la verdad completa.

«Venimos porque…»

Así empieza muchas veces la conversación.

Y semanas después, cuando la familia puede mirar lo que ocurre con mayor perspectiva, descubre que aquella frase no describía el centro del problema.

Describía la puerta por la que había conseguido entrar.

El error de pensar que una sesión diagnóstica consiste en responder preguntas

Cuando una familia acude por primera vez a una consulta de psicología, es habitual que imagine la sesión de una forma muy concreta.

Piensa que habrá una serie de preguntas.

Que tendrá que responderlas lo mejor posible.

Que, al terminar, la psicóloga sabrá qué está ocurriendo.

Es una imagen comprensible.

Durante años hemos asociado la palabra evaluación con exámenes, formularios, cuestionarios o listas de comprobación. Parece lógico pensar que una sesión diagnóstica funciona de la misma manera.

Pero la realidad clínica es mucho más compleja.

Una familia no puede comprenderse marcando casillas.

Tampoco respondiendo a un listado de preguntas.

Ni describiendo únicamente aquello que preocupa.

Dos familias pueden contar exactamente la misma historia.

Hablar de las mismas rabietas.

De las mismas discusiones.

Del mismo agotamiento.

Y, sin embargo, estar viviendo realidades completamente diferentes.

Por eso, una sesión diagnóstica clínica no consiste en recopilar información hasta completar una ficha.

Consiste en empezar a darle sentido.

Hay algo que la experiencia clínica me ha enseñado con los años.

Las primeras explicaciones rara vez son incorrectas.

Pero casi nunca son suficientes.

Explican lo que la familia ve.

No necesariamente lo que está sosteniendo esa realidad.

Por eso, durante una sesión diagnóstica no intento confirmar una idea que ya llega construida desde casa.

Intento comprender cómo encajan todas las piezas entre sí.

Porque una buena formulación clínica no nace de acumular respuestas.

Nace de aprender a hacer las preguntas que todavía nadie se había planteado.

Lo que casi nunca cuentan sobre una valoración psicológica

Vivimos en una época en la que buscamos respuestas rápidas para problemas cada vez más complejos.

Basta una búsqueda en internet para encontrar cuestionarios que prometen ayudarte a entender qué le ocurre a tu hijo.

Tests que, en pocos minutos, parecen ofrecer una explicación.

Vídeos que aseguran identificar el origen del problema con solo describir unas cuantas conductas.

Incluso es frecuente encontrar mensajes que transmiten la idea de que, después de una única sesión, un profesional podrá decirte exactamente qué está pasando y cómo solucionarlo.

Entiendo por qué este tipo de mensajes resultan tan atractivos.

Cuando una familia lleva mucho tiempo sufriendo, cualquier promesa de claridad genera esperanza.

Pero la realidad clínica rara vez funciona de esa manera.

Una conducta nunca existe aislada de la historia que la ha acompañado.

Una emoción no puede comprenderse sin el contexto en el que aparece.

Y una familia no puede resumirse en las respuestas que ofrece a un cuestionario o en la descripción de un episodio concreto.

Los instrumentos de evaluación pueden aportar información muy valiosa cuando se utilizan con un objetivo clínico definido.

Los cuestionarios, las escalas o determinadas pruebas son recursos que, en algunas situaciones, ayudan a completar la comprensión de una realidad.

Pero ninguno de ellos sustituye aquello que realmente da sentido a una valoración psicológica: la capacidad de integrar toda esa información dentro de una comprensión clínica coherente.

Después de muchos años acompañando a familias, he aprendido que las respuestas más importantes casi nunca aparecen de forma inmediata.

Se construyen poco a poco.

A medida que las distintas piezas empiezan a relacionarse entre sí.

Porque comprender a una familia no consiste en poner un nombre a lo que le ocurre.

Consiste en entender por qué esa realidad ha llegado a construirse de esa manera y qué significado tiene dentro de su propia historia.

Esa diferencia puede parecer sutil.

En la práctica clínica, lo cambia todo.

Qué intento comprender durante esa primera sesión

Hay una pregunta que aparece con frecuencia al terminar la sesión.

«¿Y ya tienes claro lo que nos pasa?»

Siempre me hace sonreír.

No porque la respuesta sea sencilla.

Sino porque refleja una idea muy extendida: que durante esa primera sesión he estado buscando el problema.

En realidad, he estado intentando comprender a la familia.

Hay una diferencia enorme.

Mientras una familia me cuenta lo que ocurre, no solo escucho las palabras.

Observo cómo construyen su relato.

Cómo recuerdan los acontecimientos.

Qué importancia le da cada uno a los mismos hechos.

Qué cosas pasan desapercibidas y cuáles ocupan todo el espacio de la conversación.

Hay algo que la experiencia clínica me ha enseñado con los años.

Las familias no solo expresan lo que viven.

También muestran, sin darse cuenta, cómo lo viven.

Observo cómo hablan entre ellas.

Cómo se escuchan.

Cómo se interrumpen.

Cómo intentan protegerse.

Cómo buscan explicaciones.

Cómo toman decisiones cuando aparecen diferencias.

Cómo afrontan la frustración o la incertidumbre.

También intento comprender aquello que no suele aparecer en el motivo de consulta.

Su historia.

El momento vital en el que se encuentran.

Los cambios importantes que han vivido.

Los recursos que ya poseen.

Las fortalezas sobre las que podremos apoyarnos.

Las expectativas con las que llegan.

Porque ninguna familia empieza de cero.

Todas traen consigo una manera de relacionarse que ha ido construyéndose durante años.

Y esa forma de relacionarse explica mucho más que el episodio concreto que les ha llevado a pedir ayuda.

Después de muchos años acompañando a familias, he aprendido que las respuestas más valiosas rara vez aparecen cuando alguien explica un problema.

Empiezan a aparecer cuando todas las piezas comienzan a relacionarse entre sí.

Solo entonces la conducta deja de verse como un hecho aislado y empieza a adquirir un significado dentro de la historia de esa familia.

Y es precisamente ahí donde una sesión diagnóstica empieza a cumplir su verdadero propósito.

No comprender únicamente lo que ocurre.

Comprender por qué ocurre de esa manera.

Por qué escuchar nunca es suficiente

Hay personas que, cuando terminan la primera sesión, me dicen algo parecido a esto:

«Me ha sorprendido que hayas entendido tantas cosas solo escuchándonos hablar.»

La realidad es que escuchar, por sí solo, nunca es suficiente.

Si lo fuera, dos familias que contaran exactamente la misma historia necesitarían siempre la misma ayuda.

Y eso no ocurre.

Puedo recibir a dos familias que describen las mismas rabietas.

Las mismas discusiones.

El mismo cansancio.

Incluso la misma sensación de haber perdido el control.

Sin embargo, detrás de esa aparente similitud pueden existir realidades completamente diferentes.

Por eso, mientras escucho, también intento relacionar.

Relacionar lo que ocurre hoy con aquello que la familia ha vivido antes.

Relacionar las emociones con la forma en que se expresan.

Relacionar las dificultades actuales con los recursos que ya existen dentro del propio sistema familiar.

Hay algo que he aprendido después de muchos años acompañando a familias.

La información, por sí sola, rara vez explica una realidad.

Lo que verdaderamente ayuda a comprenderla es la relación que existe entre todas las piezas.

Una frase adquiere sentido cuando se une a otra.

Un comportamiento cambia de significado cuando aparece dentro de un contexto diferente.

Una dificultad deja de parecer aislada cuando entendemos el lugar que ocupa dentro de la historia de esa familia.

Ese proceso no sucede de manera automática.

Es un trabajo de integración.

De observación.

De razonamiento clínico.

Porque comprender no consiste en reunir muchos datos.

Consiste en descubrir el significado que esos datos adquieren cuando empiezan a formar parte de una misma historia.

Y esa historia nunca es exactamente igual a la de ninguna otra familia.

Lo que muchas familias descubren durante esa sesión

Hay una frase que escucho con mucha frecuencia al terminar una sesión diagnóstica.

«No había visto nunca las cosas de esta manera.»

No porque durante esa primera sesión aparezcan respuestas definitivas.

Sino porque, por primera vez, la familia deja de mirar únicamente el problema para empezar a comprender el contexto en el que ese problema ha ido creciendo.

Es un cambio muy sutil.

Y, al mismo tiempo, muy profundo.

Con frecuencia descubren que aquello que parecía ocupar todo el espacio no era el origen de lo que estaban viviendo.

Las rabietas dejan de ser solo rabietas.

Las discusiones dejan de ser solo discusiones.

El agotamiento deja de entenderse como una falta de paciencia.

Empiezan a aparecer conexiones que antes resultaban invisibles.

Hay situaciones que comienzan a tener sentido.

Conductas que dejan de interpretarse como desafíos personales.

Reacciones que, observadas desde otra perspectiva, adquieren un significado completamente distinto.

Y ocurre algo que considero especialmente importante.

La culpa empieza a perder fuerza.

No porque desaparezca la responsabilidad.

Sino porque comprender una realidad siempre resulta mucho más útil que juzgarla.

Cuando una familia entiende mejor lo que está ocurriendo, deja de invertir toda su energía en buscar culpables.

Empieza a dirigirla hacia la comprensión.

También cambia la forma en que los propios miembros de la familia se miran entre sí.

Poco a poco dejan de preguntarse quién tiene razón.

Y comienzan a preguntarse qué necesita realmente su familia en este momento.

Después de muchos años acompañando a familias, he comprobado que ese suele ser uno de los cambios más valiosos de una sesión diagnóstica.

No salir con todas las respuestas.

Salir con una manera completamente diferente de hacerse las preguntas.

Qué ocurre cuando comprendo que el Método Dolce® no es la mejor opción

Hay algo que considero fundamental en cualquier proceso terapéutico.

No todas las familias necesitan recorrer el mismo camino.

Y no todas las familias necesitan el Método Dolce®.

A veces, durante la sesión diagnóstica, voy comprendiendo que la prioridad no es iniciar este proceso.

Quizá la familia necesita otro tipo de intervención.

Quizá necesita un trabajo más específico con uno de sus miembros.

Quizá el momento vital que está atravesando requiere un acompañamiento diferente.

O quizá resulta más adecuado trabajar de forma coordinada con otros profesionales para ofrecer una respuesta más completa.

Lejos de ser una decepción, esa también es una buena sesión diagnóstica.

Porque su objetivo nunca ha sido encontrar un lugar para la familia dentro de un método.

Su objetivo es ayudar a la familia a encontrar el camino que mejor responda a sus necesidades.

Después de muchos años de práctica clínica, he aprendido que recomendar un proceso que no es el más adecuado solo conduce a generar más frustración, más desgaste y la sensación de que «la terapia tampoco ha funcionado».

Por eso, una de las funciones más importantes de una sesión diagnóstica es precisamente esta.

Proteger.

Proteger a la familia de iniciar un camino que quizá no le corresponda.

Y orientar, con honestidad y criterio clínico, hacia la intervención que realmente pueda ayudarla.

Porque el compromiso de un profesional no debería ser que una familia realice un determinado método.

Debería ser acompañarla a encontrar la respuesta terapéutica que tenga más sentido para su realidad, aunque esa respuesta no pase por seguir trabajando conmigo.

La mirada del Método Dolce®

Toda sesión diagnóstica parte de una misma realidad.

Una familia llega porque hay algo que le preocupa.

Pero la forma de comprender esa preocupación puede ser muy diferente.

La mirada del Método Dolce® no se centra únicamente en el motivo de consulta.

Tampoco busca encontrar una explicación aislada para una conducta concreta.

Lo que intenta comprender es cómo está funcionando el sistema familiar en este momento de su historia.

Por eso, durante la sesión voy construyendo una formulación clínica que me permita entender la realidad de esa familia en su conjunto.

Intento comprender si existe estabilidad suficiente para afrontar las dificultades cotidianas o si la convivencia se ha convertido en una sucesión constante de situaciones vividas desde la urgencia.

Observo cómo se regula emocionalmente el adulto cuando aparecen el conflicto, la frustración o la incertidumbre.

Intento descubrir quién está sosteniendo la dirección de la familia y desde qué lugar se están tomando las decisiones importantes del día a día.

También necesito comprender cómo se relacionan entre sí los distintos miembros de la familia.

Qué dinámicas facilitan la convivencia.

Cuáles la dificultan.

Qué fortalezas ya existen.

Y qué necesidades todavía no están encontrando una respuesta adecuada.

Ninguna de estas piezas, por sí sola, explica una realidad familiar.

Es la relación entre todas ellas la que permite comprender por qué esa familia funciona de la manera en que hoy funciona.

Solo después de integrar esa comprensión puedo valorar si el Método Dolce® es realmente la intervención que mejor responde a sus necesidades.

Porque el objetivo nunca es adaptar una familia al método.

Es decidir si el método tiene sentido para esa familia.

Esa diferencia puede parecer pequeña.

En la práctica clínica, cambia por completo la forma de entender una sesión diagnóstica y de construir un proceso terapéutico verdaderamente individualizado.

La sesión diagnóstica ya forma parte del proceso de cambio

Hay una idea que me gusta compartir con las familias cuando terminamos esa primera sesión.

Aunque el proceso terapéutico todavía no haya comenzado, algo importante ya ha empezado a cambiar.

No porque durante una sola sesión desaparezcan las dificultades.

Ni porque, de repente, todas las respuestas estén claras.

Sino porque la forma de mirar lo que ocurre ya no es la misma.

Hasta ese momento, muchas familias han vivido intentando apagar incendios.

Responder a la siguiente rabieta.

Evitar la siguiente discusión.

Llegar con fuerzas al final del día.

Buscar una explicación para aquello que más duele.

Durante la sesión diagnóstica suele producirse un cambio mucho más profundo.

Empiezan a aparecer preguntas diferentes.

Ya no se preguntan únicamente cómo hacer que una conducta desaparezca.

Empiezan a preguntarse qué está intentando expresar esa conducta.

Dejan de buscar culpables.

Empiezan a buscar comprensión.

La culpa pierde parte de su peso.

No porque alguien les diga que no son responsables.

Sino porque comprender una realidad permite dejar de interpretarla únicamente desde el juicio.

Y cuando aparece comprensión, también aparece algo que muchas familias llevaban tiempo sin sentir.

La sensación de que aquello que están viviendo empieza, por fin, a tener sentido.

Después de muchos años acompañando a familias, he comprobado que este suele ser uno de los primeros cambios que anuncian que un proceso puede comenzar a construirse sobre una base diferente.

Porque el cambio terapéutico no empieza el día en que intentamos hacer las cosas de otra manera.

Empieza el día en que comprendemos, de verdad, por qué las hemos estado haciendo así hasta ahora.

Por eso, la sesión diagnóstica no es un paso previo al proceso.

Es el primer paso del propio proceso de cambio, aunque todavía no hayamos decidido cuál será el camino terapéutico más adecuado para esa familia.

Elegir un proceso con conocimiento, no solo con esperanza

Cuando una familia decide pedir ayuda, casi siempre lo hace después de haber intentado muchas cosas.

Ha leído.

Ha preguntado.

Ha buscado respuestas.

Ha probado estrategias con la esperanza de que alguna consiga cambiar la situación.

Es un impulso profundamente humano.

Cuando el sufrimiento se prolonga, lo único que uno desea es que algo funcione.

Pero existe una diferencia importante entre buscar una solución y comprender qué solución necesita realmente una familia.

Después de una sesión diagnóstica, la decisión ya no suele tomarse desde el agotamiento.

Empieza a construirse desde el conocimiento.

La familia comprende mejor qué está ocurriendo.

Entiende qué necesidades han ido apareciendo con el tiempo.

Y puede valorar, con mucha más claridad, qué tipo de acompañamiento tiene sentido para ese momento de su vida.

A veces ese camino será el que la familia imaginaba cuando llegó.

Otras veces será completamente diferente.

Y ambas posibilidades son igualmente valiosas.

Porque una buena decisión terapéutica no consiste en empezar cuanto antes.

Consiste en empezar el proceso que realmente responde a las necesidades de esa familia.

He aprendido que comprender antes de decidir no retrasa el cambio.

Al contrario.

Permite que el cambio comience sobre una base mucho más sólida, más consciente y mucho más respetuosa con la realidad de cada familia.

Porque elegir un proceso terapéutico no debería ser un acto de esperanza.

Debería ser una decisión tomada desde la comprensión de lo que esa familia necesita de verdad.

La idea que me gustaría que recordaras

Si hubiera una sola idea que me gustaría que permaneciera contigo después de leer este artículo sería esta:

La sesión diagnóstica clínica no existe para poner un nombre a los problemas de una familia.

Existe para comprender cómo funciona esa familia, descubrir qué necesidades están sosteniendo su realidad y decidir, con criterio clínico y responsabilidad, cuál es el camino terapéutico que mejor puede ayudarla.

Porque el verdadero cambio no empieza cuando encontramos una solución.

Empieza cuando dejamos de mirar únicamente el problema y, por primera vez, comprendemos de verdad la historia que lo ha hecho posible.

Sigue profundizando en el Método Dolce®

Si este artículo te ha resultado útil, quizá también te interese seguir explorando algunos de los conceptos fundamentales del Método Dolce®.

¿Por qué existe una valoración previa?

¿Cómo son las sesiones?

¿Qué ocurre entre sesión y sesión?

¿Por qué el proceso terapéutico del Método Dolce® dura tres meses?

¿Cómo sabremos si estamos avanzando?

Cada uno de estos artículos desarrolla uno de los pilares del Método Dolce® y forma parte de un mismo recorrido de comprensión. No es necesario leerlos en un orden concreto, aunque juntos permiten entender con mayor profundidad la filosofía y el funcionamiento de esta metodología.

Sobre la autora

Maria Sara Jemmolo es Psicóloga General Sanitaria, especializada en regulación emocional y acompañamiento a familias con hijos de entre 3 y 8 años.

Es la creadora del Método Dolce®, un modelo de intervención centrado en ayudar al adulto a recuperar la estabilidad, la dirección y el papel de referente dentro del sistema familiar.

Su trabajo integra la experiencia clínica con un enfoque relacional orientado a transformar la convivencia desde la regulación emocional del adulto.

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